La circulación monetaria en Alicante hasta la época imperial more

En J. J. Ramón (ed.) Monedas Todas las caras de la Historia. Colecciones numismáticas del MARQ. Alicante 2010, pp. 16-27.

La circulación monetaria en Alicante hasta la época imperial Pere Pau Ripollès Universitat de València Durante la Antigüedad, la moneda fue una forma más de dinero de entre las muchas que desempeñaron esta función. En el área mediterránea, los metales se utilizaron como medio de cambio y reserva de valor, primero en bruto y después bajo la forma de monedas, pero los tiempos de incorporación y la frecuencia de uso fueron variables de acuerdo con las áreas geográficas y los procesos políticos. En líneas generales, la Península Ibérica en su conjunto evolucionó con un cierto retraso, más perceptible en el interior que en la franja litoral mediterránea. En el área alicantina la moneda se introdujo progresivamente a partir del siglo IV a. C., por lo menos, siendo probable que de forma muy esporádica una parte de la población asentada en los emplazamientos costeros hubiese tenido conocimiento de ellas. Por el momento, para fechas más tempranas, como el siglo V a. C., tenemos un vacío de testimonios monetarios, que consideramos circunstancial, a tenor de los datos que comienzan a conocerse en otras partes de la costa mediterránea española. La moneda fue un tipo de objeto valioso que acompañaba y fue utilizado, en mayor o menor medida, por los navegantes y comerciantes que alcanzaban con sus naves las costas mediterráneas. La variedad de denominaciones que existían en el siglo V a. C., y que fueron acuñadas por las cecas con las que los comerciantes iberos estaban en contacto, facilitó que fueran desperdigándose a lo largo de la costa. Es un hecho constatado, a través del contenido de algunos plomos escritos encontrados en Pech Mahó y en Ampurias (Santiago, 1990; Rodríguez, 1996), que en las transacciones comerciales que se realizaban en el Mediterráneo occidental, durante el siglo V a. C., la moneda fue un medio de pago y presumiblemente la plata a peso también. A ello se añade que, en esta época, existió una importante actividad de acuñación por parte de los centros de recepción y de redistribución de mercancías del Mediterráneo más occidental, como Massalia y sobre todo Emporion, cuyas monedas comenzaron a ser habituales en la franja costera, 16 aunque sólo se visualicen esporádicamente y casi siempre fuera de contexto arqueológico. En el territorio alicantino las monedas más antiguas se fechan a partir del siglo IV a. C., momento en el que diversos testimonios sugieren alguna familiaridad con la moneda, ahora bien, circunscritos a la franja costera. La información procede de los hallazgos monetarios, que si bien son todavía reducidos, permiten proponer algunas pautas de comportamiento relacionadas con el uso de la plata. En esos momentos, las monedas circularon junto con cantidades tan elevadas de plata no amonedada, que es posible afirmar que las monedas desempeñaron un modesto papel dentro de un contexto social y económico en el que la plata a peso fue la forma habitual cuando se utilizó el metal para efectuar pagos y transacciones (Ripollès, 2009). Los testimonios disponibles corresponden a ocultaciones mal conocidas por haber sido deficientemente documentadas y a monedas perdidas de forma aislada, aunque carentes de contexto. Dentro del grupo de las ocultaciones podemos señalar los tesoros del Montgó (Villaronga, 1993, nº 4; IGCH Fig. 1. Divisor massaliota semejante a los aparecidos en el tesoro del Montgó de Dénia. Museu de Prehistòria de València. 2312), de Dénia (Villaronga, 1993, nº 1; IGCH 2317) y, quizás, el de Campo de Rebate (Gómez, 1949, 160-161; IGCH 2316; Villaronga, 1993, nº 173). El tesoro del Montgó (Dénia, Alicante) se encontró en 1891 y contenía dieciséis monedas de diversas procedencias, que pesaban en total 71,6 gramos, junto con “... un kilogramo de plata fundida en pequeños lingotes, muchos de ellos partidos con escarpe…” y objetos de plata labrados con un peso de 108 gramos, de lo que se desprende que la plata no amonedada constituía con diferencia la parte más importante del mismo (Chabás, 1891; IGCH 2312). De las dieciséis monedas que formaban parte del tesoro seis son fraccionarias ampuritanas anteriores a las dracmas, las cuales extienden hacia el sur el área de dispersión de estas monedas, cuya presencia en cantidades apreciables debió ser un hecho bastante habitual, por lo menos, hasta la provincia de Murcia, como lo demuestran los tesoros y hallazgos esporádicos que desde Emporion jalonan la costa Mediterránea (Campo, 2002, 148-152). En orden de importancia le siguen las emisiones acuñadas en Massalia, que por el estándar metrológico con el que fueron acuñadas, ca. 0,82 gramos, debieron acuñarse durante finales del siglo V y la primera mitad del IV a. C. (Villaronga, 1997, 71; Depeyrot, 1999, 31-32; contra Brenot, en Brenot y Scheers, 1996, 30, grupo II, quien propone ca. 410-385 a. C.). Estas monedas suelen aparecer también diseminadas a lo largo de los yacimientos costeros y en poblados del interior, pero localizados en vías de comunicación con la costa o en sus proximidades (Campo, 1987; Villaronga, 1987). La constancia y la frecuencia de los hallazgos de estas monedas, similar a la que se produjo con las de Emporion, lleva a creer que ambas tuvieron un importante papel en la difusión del concepto de moneda entre las poblaciones nativas y del uso de la plata como una forma de riqueza móvil para efectuar pagos de bienes y servicios; no obstante, debemos tener presente que en las transacciones fueron valoradas no como verdaderas monedas, ya que no existió una autoridad que forzara su uso y garantizara su calidad, sino como metal bruto y en función de su peso, como también sucedió con el resto de monedas que alcanzaron este territorio. 17 Las restantes monedas que contenía el tesoro del Montgó se acuñaron en diferentes cecas griegas de Sicilia –Messana, Leontinos, Selinunte y Siracusa–, emitidas durante el siglo V a. C., de Corinto y de Cartago, lo cual identifica el ámbito comercial con el que las tierras de la Contestania estaban en contacto. Es evidente que las monedas no atestiguan necesariamente contactos directos con su lugar de emisión, sino que debieron llegar a estas tierras a través de Fig. 2. Tetradracma de Messana (Mesina, Sicilia) procedente del tesoró del Montgó. British Museum (Londres). intermediarios que pudieron o no proceder de alguno de los lugares donde se emitieron, porque el modelo de comercio que se desprende de los materiales arqueológicos importados sugiere la existencia de comerciantes no sólo griegos, sino también de origen púnico-ebusitano. Existe, además, otro dato para la cautela a la hora de atribuir un origen griego a la llegada de las monedas, y es que en el mundo fenicio-púnico occidental las emisiones de monedas comenzaron a producirse con una relativa frecuencia a partir de mediados del siglo IV a. C., por lo que los testimonios monetarios dan siempre un mayor protagonismo a los ambientes griegos en los que las monedas se acuñaron en fechas más tempranas y en cecas y cantidades más numerosas. La procedencia de las monedas permite identificar el origen de la corriente comercial dentro de la cual las piezas monetales alcanzaban las costas orientales de la Península Ibérica. Las cecas en las que se acuñaron las monedas del tesoro, así como algunos hallazgos esporádicos, revelan la existencia de un ámbito comercial integrado por colonias y ciudades griegas del noreste de la Península Ibérica, Galia, Magna Grecia y Sicilia. El segundo tesoro con el se puede contar para conocer la introducción de la moneda en la zona alicantina es el tesoro de Dénia (Villaronga, 1993, 18, nº 1; IGCH 2317). Sólo se conoce por referencias bastante imprecisas, como suele suceder con muchos tesoros, especialmente los más antiguos, tanto en contenido como en fecha de descubrimiento. De acuerdo con Sandars (1906, 89), que fue quien dio noticia del mismo, estaba compuesto por un reducido lote de monedas, acuñadas en Massalia, Sicilia y Rodas. Con tan poca información es difícil establecer con seguridad su fecha de ocultación, aunque Jenkins (IGCH 2317) propuso una fecha del siglo IV a. C. Sin embargo, la información que aporta ratifica la que se desprende de la composición del tesoro del Montgó y apunta hacia un mismo ambiente de formación, con una procedencia de las monedas de áreas coincidentes. Un posible último testimonio sobre el uso temprano de las monedas en el territorio alicantino lo proporciona el discutido y enigmático tesoro de Campo de Rebate (Gómez, 1949, 160-161; Villaronga, 1993, nº 173; IGCH 2316). Apareció hacia 1850 en el término de Orihuela, en el paraje que da nombre al hallazgo. Lo conocemos por las noticias que dieron Delgado y Gómez Moreno. Algunas de ellas se conservan, al parecer, en el Museo de Granada. Gómez Moreno tuvo en su poder una parte del mismo, compuesta por 43 piezas sin acuñar y 24 acuñadas, todo ello de cobre. Según su descripción (1949, 160-161): “Las piezas correspondientes a la primera serie son trocitos cilíndricos, mal cortados y lisos de 4 y 7 mm de Massalia Rhode Emporion Roma Neapolis Panormo Messana Corinto Rodas Ebusus Qart Hadasht Selinunte Leontino Cartago Siracusa Fig. 3. Ciudades de procedencia de las monedas halladas en la provincia de Alicante en contextos de los siglos IV -III a. C. diámetro y 3 de alto aproximado, aunque los hay muy menores y de peso desigual entre sí. Un segundo grupo comprende tres piezas, fundidas en cuadrado de cualquier modo; su peso casi un gramo la mayor; otra, una mitad, la tercera, menos de la cuarta parte; su acuñación, rudísima, ofrece algo incierto, como ahusado, y encima EN retrógrado; en el reverso lo que pudiera ser un perro y posado en su lomo un pájaro, según parece confirmarse en el tercer grupo. Éste comprende veinte y un ejemplares, redondeados, con diámetro de 7 a 6 mm y peso de 0,3 g, que algunos no alcanzan. Por un lado repiten lo susodicho, más rudamente de cómo lo dibujó Delgado; por el otro, una cuadrícula con puntos entremedias. El ejemplar de plata que publicó Zóbel será igual; más no puede reconocerse el anverso [lám. IV, nº 5]. Podríamos suponer este ruin tesorillo anterior a todo lo occidental de monedas, hacia fines del siglo VI a. C., revelando pobreza inicial en la colonia, así como lo retrógrado y la N de su letrero, en vez de M, acusan arcaísmo”. Desde la nota que publicó Gómez Moreno nadie ha vuelto a examinarlas ni estudiarlas. Lo que más llama la atención es que se trate de monedas de bronce y que muestren diseños que podrían ser coincidentes con los que tienen las monedas fraccionarias ampuritanas. De momento poco se puede deducir de este hallazgo, cuya antigüedad Llobregat (1972, 136) puso en duda. Para valorar estos hallazgos, especialmente los del Montgó y Dénia, sería preciso conocer si las monedas de estos tesoros llegaron a la Contestania formando un conjunto o si, por el contrario, se formaron in situ a partir de las piezas que estaban en circulación en la zona. Es difícil pronunciarse, pero existen algunos indicios que permiten pensar que no llegaron formados a estas tierras desde el Mediterráneo central, al menos en su totalidad, como es el que monedas similares hayan aparecido de forma esporádica en la franja litoral o que las emisiones de Emporion y Massalia no sean habituales en la circulación monetaria de Sicilia y Magna Grecia (IGCH 274-285, 311-324). Por tanto, el contenido de estos tesoros muestra que, a fines del siglo IV a. C. y en la parte oriental de la Península Ibérica, circularon monedas de diversas procedencias, aunque en cantidades presumiblemente modestas. Los hallazgos esporádicos son escasos y sólo podemos señalar un tetradracma sículo-púnico de Panormos, emitido a principios del siglo IV a. C. (Jenkins, 1971, nº 33), que apareció en el Barranc de l’Arc (Sella); según Alfaro (2002, 32), es probable que también formaran parte del hallazgo otras piezas de las que se desconoce la ceca. Ya hemos señalado que es razonable pensar que piezas similares a las de este conjunto y a las de los tesoros circularan por el territorio, ya que en el entorno no faltan los hallazgos, como lo demuestran una fraccionaria ampuritana de fines del siglo V a. C., con reverso Gorgona dentro de un cuadrado incuso, que fue encontrada en la necrópolis del poblado de El Macalón (Nerpio, Albacete) (depositada en el Museu de Prehistòria de València, inv. nº 27960), y un tetradracma de Panormos, del siglo IV a. C., procedente del Llano de la Consolación (Albacete) (Vico, 2002, 231-235). Finales del siglo IV y III a. C. Los datos disponibles para trazar la evolución monetaria de finales del siglo IV y del III a. C. no son más abundantes que los del período precedente, pero dan a conocer algunas particularidades e innovaciones, como es el caso de la introducción de monedas acuñadas en bronce. Es lógico que las monedas acuñadas en este metal comiencen a aparecer en la franja litoral, ya que hacía más de un siglo que habían comenzado a emitirse y circular por el Mediterráneo central. Uno de los testimonios más interesantes que proporcionan los hallazgos de la provincia de Alicante es el que se produjo en la necrópolis de Cabezo Lucero. Se trata de tres monedas de Ebusus, del tipo Campo grupo III (1976), aparecidas en una incineración, cuyo contexto (una copa “tipo Cástulo” y fragmentos de vasos ibéricos y áticos de la primera mitad del siglo IV a. C.) los excavadores fechan en la segunda mitad del 19 Fig. 4. Moneda de bronce de Ebusus (Eivissa). Necrópolis de Cabezo Lucero (Guardamar del Segura). MARQ. siglo IV a. C., proponiendo como fecha de las acuñaciones ebusitanas de este grupo los años 330-300 a. C. (Aranegui et alii, 1993, 179 y 182). Este modesto hallazgo tiene implicaciones importantes. En primer lugar, pone en evidencia que las emisiones de Ebusus comenzaron en el último tercio del siglo IV a. C. En segundo lugar, atestigua la entrada en el territorio de moneda de bronce y lo hace con monedas de la isla de Ebusus, con la que el territorio mantuvo un fluido contacto que prosiguió en los siglos posteriores, como se desprende de la continua y abundante cantidad de hallazgos de esta ceca. También se conocen algunas monedas de bronce conservadas en el Museo Arqueológico Provincial de Alicante, que por fecha de acuñación pudieron estar en circulación durante el siglo III a. C., como es el caso de un bronce de Neápolis, de los años 270-240 a. C., de Siracusa de ca. 283-279 a. C. o de Cartago, emitido en la segunda mitad del siglo IV a. C. (Ripollès, 1982, 215, nº 7-9). No es posible asegurar que llegaran en el transcurso del siglo III a. C., sin embargo cada vez son más abundantes las acuñaciones de bronce del ámbito púnico centro-mediterráneo (Sicilia, Cartago y Cerdeña) (Gozalbes y Ripollès, 2002, 520). Todo ello sugiere que la moneda continuó llegando al territorio alicantino, aunque en reducida cantidad, y que una de las novedades que debieron percibir sus habitantes fue la aparición de un nuevo metal acuñado, lo cual permitió rebajar considerablemente el valor de los actos comerciales en los que pudieron ser utilizadas. Sobre las monedas que presumiblemente habría que encuadrar en este período, podríamos incluir una dracma de Rhode aparecida en Canyada Joana (Crevillent), acuñada a fines del siglo IV a. C., pero que presumiblemente circuló durante la primera mitad del III a. C. (Trelis y Satorre, 2004, 68). Por otro lado, conviene señalar que no es correcta la clasificación y cronología atribuida por Mateu y Llopis (1955, 124; HM 737) a la pieza griega de Cos, aparecida en el Tossal de Manises, durante las excavaciones de J. Lafuente (campañas de 1931-1935). La revisión de esta moneda, que se conserva en el MARQ, revela que no se trata de una moneda acuñada en el período 400-300 a. C., sino que pertenece a las series de bronces provinciales romanos, con retrato de Augusto en el anverso y clava y serpiente enroscada en un bastón en el reverso (RPC I, 2739). Fig. 6. Moneda de bronce hispano-cartaginesa. Colección Isidro Albert. MARQ. La normal evolución que se venía produciendo, desde el siglo IV a. C., en la monetización de la vida de los contestanos se vio notablemente acelerada como consecuencia de la presencia de los cartagineses en la Península Ibérica. No cabe duda que tuvo su incidencia en el territorio alicantino, ya que su presencia no se cuestiona, según se desprende de las últimas hipótesis que consideran bárcida la transformación urbanística del Tossal de Manises, durante el último tercio del siglo III a. C., cuya arquitectura defensiva de tipo helenístico sugiere que tuvo el propósito de afianzar el control territorial de los cartagineses (Olcina, 2005, 164; 2009, 40-43). En consecuencia, el desarrollo de la guerra en estos territorios y la presencia estable de los cartagineses justifican plenamente la disponibilidad de moneda acuñada por éstos. Los hallazgos monetarios continúan siendo escasos e irregulares, lo cual resulta un poco desconcertante, ya que se trata de un período en el que los hallazgos, especialmente de 20 Fig. 5. Dracma de Rhode (Roses, Girona). Canyada Joana (Crevillent). Museo Arqueológico Municipal de Crevillent. Fig. 7. Medio shekel hispano-cartaginés. L’Albufereta (Alicante). MARQ. tesoros, son muy numerosos, reflejando la elevada cantidad de moneda existente en circulación, como consecuencia de la financiación de la presencia cartaginesa en la Península Ibérica y del desarrollo de la II Guerra Púnica, para lo cual tanto los romanos como los cartagineses transformaron grandes cantidades de plata y de bronce en moneda. La moneda de plata está poco representada, ya que sólo conocemos procedente de l’Albufereta medio shekel hispano-cartaginés (Llobregat, 1973-74), y de bronce unas pocas más, aunque no dudamos de que las de plata fueron bastante más abundantes de lo que reflejan los hallazgos. No es concebible que en un área que se encontraba bajo la influencia y control de los cartagineses no circulara la moneda de plata, ya no sólo la acuñada por ellos, sino también la que puso en circulación el bando romano, como son las dracmas ampuritanas, las ibéricas, los cuadrigatos y los denarios. De hecho, no consideramos la posibilidad de que en Alicante existiera un vacío de monedas de plata, cuando en sus proximidades, tanto en el área norte como en la sur, se conocen tesoros que documentan la presencia y disponibilidad de la moneda de plata, como son los tesoros de Cheste (Ripollès y Ribera, 2005), Mogente (García-Bellido, 1990) y el inédito de Yecla, sólo por citar los más próximos. Del sur de Alicante procede uno de los pocos tesoros de monedas de bronce, el de La Escuera (San Fulgencio), formado íntegramente por moneda cartaginesa, que ratifica la impresión de que la Contestania estuvo dominada por la circulación de moneda cartaginesa (Villaronga, 1993, 72), ya que en los tesoros de su entorno predomina ampliamente este tipo de moneda, como es el caso de los citados de Cheste y Mogente en la parte norte y de Yecla y Mazarrón en el sur y sureste (Villaronga, 1993, nº 16, 18 y 24). 21 El tesoro de La Escuera lo encontró un labrador en 1959, en el yacimiento ibérico de La Escuera (San Fulgencio, Alicante), antes de que Nordström iniciara las excavaciones. El descubridor se lo pasó a Nordström, quien lo entregó al MARQ en 1962, donde se conserva (excepto 2 piezas en el Museu de Prehistòria de València). Aparecieron formando un pegote y con signos, según relatan los que lo vieron en su estado inicial, de haber estado dentro de un saquito tejido con material fibroso. Fue publicado inicialmente por Llobregat (1966) y ha vuelto a ser publicado recientemente por Ramón (2002; también Villaronga, 1993, nº 185 y IGCH 2338). Contenía 64 monedas de bronce hispano-cartaginesas de la serie tosca (8 unidades del tipo Villaronga, 1973, nº 116 y 56 divisores del tipo Villaronga, 1973, nº 117). Ramón (2002, 246) ha señalado que su composición homogénea (2 tipos) indica que el tesoro se formó con monedas que estuvieron en curso durante un espacio de tiempo relativamente corto y que su poseedor estaba relacionado con un ambiente púnico en el que la moneda de bronce era necesaria para transacciones cotidianas. El hecho de que el tesoro sólo incluya moneda cartaginesa dificulta establecer su momento de ocultación, sin embargo la cronología final del yacimiento en el que se encontró, deducida de los materiales arqueológicos, se sitúa en el último cuarto del siglo III a. C., cuando los incidentes de la II Guerra Púnica propiciaron su abandono (Sala, 1996, 216). A partir de ello y tomando en consideración también la inexistencia de las acuñaciones que Fig. 8. Unidad de bronce hispano-cartaginesa. Tesoro de La Escuera (San Fulgencio). MARQ. no sólo en la franja estrictamente costera, sino también en el interior, como lo ponen de manifiesto las piezas de bronce hispano-cartaginesas halladas en la Serreta (Alcoi, Cocentaina, Penàguila), para el que se estima su final en las últimas décadas del siglo III o inicios del II a. C. (Garrigós y Mellado, 2004, 202203), los de l’Alcúdia d’Elx (Abascal y Alberola, 2007, 35-37, 9192) o los que proceden del Tossal de Manises o l’Albufereta de Alicante, muchos de los cuales forman parte de la colección del MARQ (Verdú, e. p.). Fig. 9. Divisor de bronce hispano-cartaginés. Tesoro de La Escuera (San Fulgencio). MARQ. se fechan después del 211 a. C. (Villaronga, 1973, clase X), Ramón (2002, 247) considera que pudo formarse entre los años 221/218 y el 211 y fecha su ocultación hacia el 209 a. C. Una de las facetas más interesantes de este tesoro es que ratifica la existencia de una sociedad en la que tenían cabida diminutas monedas de bronce con un peso de ca. 1,56 g. Esto implica la existencia de una forma de relaciones económicas en la que se precisaron monedas de reducido valor para pequeñas transacciones, debido sin duda al modelo de ocupación y control del territorio, en el que existieron numerosas personas que no creaban bienes de consumo que pudieran intercambiar, como fue el caso de los mercenarios (Villaronga, 1981-83, 124; Ramón, 2002, 247). Los hallazgos esporádicos, escasos y sin contextos precisos, también apoyan la plena irrupción de la moneda de bronce en esta época, en mayor medida hispano-cartaginesa, aunque también púnica africana (Alfaro, 2002), y su circulación Fig. 11. Moneda de bronce de Baria (Villaricos, Almería). Fondo Numismático Antiguo. MARQ El siglo II a. C. En la Península Ibérica, la II Guerra Púnica terminó con la expulsión de los cartagineses (206 a. C.) y con la permanencia de los romanos, que incorporaron a su dominio los territorios que mantuvo bajo control militar, legitimados por el concepto helenístico de conquista mediante la espada. La primera mitad del siglo II a. C. fue un período difícil y de adaptación progresiva a una nueva realidad que comportó cambios en el modelo de desarrollo económico y de explotación del territorio. Muy a comienzos de siglo existía una gran cantidad de moneda en manos de la población nativa, sin embargo las fuentes literarias y los hallazgos revelan que los romanos recuperaron una importante cantidad de metal precioso como botín, una parte de la cual estaba amonedada. 22 Fig. 10. As de bronce romano-republicano. Colección Isidro Albert. MARQ. Ello implicó una reducción notable de la riqueza que, con motivo de la guerra, había ido a parar a manos de los indígenas. Por supuesto, no implica que desapareciera completamente el uso de la moneda, aunque sí debió reducirse la riqueza disponible. La frecuencia de hallazgos de divisores de bronce cartagineses parece indicar que este tipo de moneda continuó en circulación y fue la que utilizaron los nativos hasta que, a mediados del siglo II a. C., las ciudades de los territorios dominados por los romanos comenzaron a emitir moneda. El amplio número de ciudades que lo hicieron, así como el elevado volumen de monedas que alguna de ellas emitió fue lo que cambió radicalmente el contexto monetario de Hispania, ya que los hallazgos de monedas comenzaron a ser mucho más numerosos y por su reducido valor los encontramos hasta en las poblaciones más modestas. La monetización de la vida de las poblaciones peninsulares, incluidas las de la Contestania, entró en una nueva fase, caracterizada por la generalización del uso de la moneda de bronce, lo que implica la existencia de intercambios de mercancías y de servicios de reducido valor, tal y como lo había posibilitado la moneda de bronce cartaginesa. En el territorio alicantino no fue hasta mediados del siglo II a. C. cuando comenzaron a hacerse visibles los testimonios monetarios. Un hallazgo destacado es el tesoro conocido como de Pedreguer, aunque se discute si se halló en el mencionado lugar o en la zona de Teulada-Moraira. Collado y Gozalbes (2002, 253-258) han realizado la publicación más completa y detallada, aunque con anterioridad había sido mencionado repetidas veces (Villaronga, 1993, nº 188; IGCH 2344). Fue hallado a comienzos del siglo XX y contenía, al menos, 27 piezas de bronce, de las que 26 pertenecen con seguridad a Ebusus, al grupo XVIII de M. Campo (1976), y una está fragmentada, aunque se considera que por sus características también debió pertenecer a este grupo. Estas monedas se caracterizan por llevar a Bes de frente en ambas caras, acompañado la mayor parte de la veces con símbolos o letras; Campo (1976) las data entre 214 y 150 a. C., aunque para Villaronga (1994) el período de emisión fue el siglo II a. C., sin más precisiones. Las monedas del tesoro no aportan ninguna información cronológica, porque todas son de Ebusus, pero por la diversidad de símbolos y letras que aparecen en ellas, Collado y Gozalbes (2002, 255) sugieren que pudo enterrarse 23 cuando ya se habían acuñado todas las emisiones del grupo XVIII, lo cual nos llevaría, de ser cierta la cronología que se propone, hacia el tercer cuarto del siglo II a. C. La composición del tesoro de Pedreguer da validez a la impresión que se deduce de los hallazgos esporádicos acuñados durante el siglo II a. C. El territorio alicantino, especialmente su franja costera, fue un área de difusión preferente de la moneda ebusitana, extendiéndose también, aunque en menor medida, hacia Murcia, Almería y la costa catalana (Collado y Gozalbes, 2002, 253-258; Campo, 1994, 53). Collado y Gozalbes (2002, 257) lo vinculan con el tráfico comercial marítimo, considerando que este medio de transporte fue lo que favoreció una amplia dispersión y les permitió alcanzar con facilidad zonas bastante alejadas (Campo, 1994, 53), como Pompeya (Italia), en donde sorprendentemente fueron imitadas en un considerable volumen (Stannard, 2005; Stannard y Frey-Kupper, 2008).El panorama que ofrecen los hallazgos monetarios esporádicos complementan la modesta información que ofrece el tesoro de Pedreguer. Los estudios de recopilación y análisis de hallazgos no abarcan a la totalidad del territorio, pero disponemos de buena información procedente del valle del Vinalopó y la ciudad de Ilici, gracias a la labor de documentación y análisis desarrollada por Abascal y Alberola; también se han revisado materiales numismáticos de antiguas excavaciones del Tossal de la Cala (Benidorm) y de l’Albufereta (Bayo, 2010, 39-40, 4445; Verdú, e. p.). La composición de la masa monetaria que se deduce de los hallazgos del siglo II a. C. muestra que estuvo formada por emisiones de cecas peninsulares, de Ebusus y de Roma. El dominio romano de la Península Ibérica se tradujo en una llegada de su moneda para cubrir sus necesidades y no para contribuir graciosamente a la monetización de los nativos, aunque al principio no fue muy numerosa. Es fácil comprender que la moneda romana se integró rápidamente en los circuitos económicos peninsulares. En el territorio alicantino, las monedas romanas de bronce estuvieron disponibles en cantidades sustanciales, tanto en Ilici como en el valle del Vinalopó, configurándose quizás como la fuente más importante de aprovisionamiento de monedas de bronce y a su debido tiempo también de plata. Por detrás de las emisiones romanas encontramos en orden de importancia a muy abundantes en Albacete, Cuenca e interior de la provincia de Valencia (Ripollès, 1999). En resumen, y dejando al margen las monedas romanas, salta a la vista que en el territorio contestano el aprovisionamiento monetario mayoritario lo proporcionaron Roma y las tres cecas costeras más próximas, a saber, Saitabi, Valentia y Arse, lo que muestra que las relaciones del territorio hacia las tierras del norte eran buenas. Sin embargo, los indicios de relación a larga distancia con el sur quedan un poco desdibujados por la escasez de hallazgos y la lejanía de las cecas de la Bética. El hecho de que los hallazgos monetarios sean básicamente de bronce ofrece una visión sesgada de la moneda que realmente estaba en circulación, porque la plata también circuló, pero su mayor valor y su cuidada manipulación aminoraron sensiblemente las pérdidas. Fig. 12. Unidad de bronce de Saitabi (Xàtiva, València). Colección Isidro Albert. MARQ. las acuñaciones de Saitabi, lo que demuestra que sus monedas desempeñaron una importante función en la vida económica de las tierras alicantinas, tanto en la costa, como en la comarca de l’Alcoià o el valle del Vinalopó, en donde de las 41 monedas indígenas de época republicana que se han documentado, 17 pertenecen a Saitabi (Alberola y Abascal, 1998, 95-101; Abascal y Alberola, 2008). En tercer lugar de importancia encontramos la producción de Arse, de la que se conocen 6 piezas en el valle del Vinalopó, 4 en Ilici y numeros ejemplares desperdigados en diversos yacimientos (Gozalbes y Ripollès, 2002, 238-256). Los contestanos también tuvieron oportunidad de manejar monedas de otras cecas, casi todas ellas procedentes de la Citerior, como Valentia, Kese, Kelse, Iltirkesken, Untikesken, Ieso, Ebusus, Obulco y Cástulo. Los hallazgos de esta última ceca, la más importante del entorno y quizás de la Península Ibérica, no son numerosos, por lo menos, no tanto como cabría esperar en un principio. Se conocen 5 piezas en Ilici (Abascal y Alberola, 2007, 16), pero ninguna en los enclaves del valle del Vinalopó. Abascal y Alberola señalan, con razón, que la mayor parte de las tierras alicantinas se encontraba en estos momentos fuera de los itinerarios por los que transitaban los portadores de esa moneda, ya que discurrían por tierras de Albacete. Por esa razón las emisiones de Cástulo tuvieron una notable presencia en los territorios interiores del sureste y el sur de la meseta manchega. Quizás debamos pensar que por las mismas razones, es decir, por una circulación septentrional, no encontramos apenas monedas de Ikalesken, ya que son 24 Fig. 13. Denario romano-republicano. Tossal de Manises (Alicante). MARQ. En la Contestania las evidencias indican que la moneda de plata circuló y que fue esencialmente romana, acompañada por cantidades muy reducidas de denarios ibéricos o celtibéricos. Ésta es la impresión que se deriva de los tesoros de monedas de plata aparecidos en Crevillent: el de Fuente del Sarso y Cachapets. El primero de ellos fue publicado por Mateu y Llopis (1951, 227), aunque sólo pudo ver una parte. Apareció a 1 km al noroeste de Crevillent, en una zona de cultivo, cuando se realizaban unas voladuras. A Mateu y Llopis se le dijo que estaba formado por 22 denarios, pero sólo pudo ver siete de ellos que conservaba el Sr. J. Lledó, de los que cinco eran denarios romano-republicanos (1 RRC 235/1a-c, Roma 137 a. C.; 1 RRC 286/1, Roma 116 ó 115 a. C.; 1 RRC 296/1a-l, Roma, 112 ó 111 a. C.; 1 RRC 316/1, Roma, 105 a. C., y 1 RRC 329, Roma, 100 a. C.), uno de Ikalesken y otro que no se identificó. Todos los denarios romanos se emitieron en el último tercio del siglo II a. C. y el más moderno de ellos lo fue en Roma, en el año 100 a. C. Crawford (1969, 89, 206) estimó que la ocultación debió producirse en la primera década del siglo I a. C., por lo que puede ser una muestra de la moneda que estuvo en circulación a fines del siglo II a. C. La presencia de un denario de Ikalesken (Iniesta, Cuenca) se explica por ser ceca próxima (Martínez, 1995; Ripollès, 1999), que acuñó un considerable volumen de piezas (Villaronga, 1988), y da a entender que, a diferencia de la invisibilidad de las emisiones de bronce de esta ceca, las de plata pudieron formar parte de la masa monetaria, al tener un área de difusión más amplia. El segundo tesoro de monedas de plata hallado en Crevillent es el de Cachapets (González y Abascal, 1989). Se encontró en 1982, en el transcurso de unos trabajos de remoción de tierras y dentro de un recipiente de bronce que se rompió. Como consecuencia de ello las monedas se dispersaron, sin embargo una parte de ellas se conserva en el Museo Municipal de Crevillent. González y Abascal (1989) estudiaron un lote formado en su integridad por monedas romanas, 266 denarios y 2 victoriatos, cuya cronología se escalona entre el 211 y el 101 a. C. Posteriormente, Trelis (1995) dio a conocer dos ejemplares más, un denario de Kese y otro de Roma, del 100 a. C., que apenas modifican la información aportada por el estudio de González y Abascal (1989). La cronología de las 270 monedas se distribuye de forma desigual, ya que se fechan preferentemente a partir de 159-150 a. C., con una importante cantidad de piezas acuñadas en torno a los años 137-136 a. C y otra menor de los años 119-110 a. C, para comenzar a ir decreciendo hasta llegar a los años 103, 101 y 100 a. C., cada uno de ellos con un solo ejemplar. El tesoro de Cachapets ofrece la particularidad de contener, junto con las monedas, dos brazaletes de plata, confeccionados con un alambre liso, de sección circular y con los extremos enrollados en espiral (González y Abascal, 1989, 6). A finales del siglo II a. C., los tesoros mixtos de monedas 25 y objetos manufacturados o plata troceada ya no eran frecuentes en las áreas litorales de la Península Ibérica, ya que se trata de un modelo de uso de la plata a peso atestiguado a finales del siglo anterior, que en el siglo II fue sustituido por las monedas de plata y de bronce. De hecho, el tesoro de Cachapets, aunque contenga dos brazaletes, no se puede relacionar con ese modelo, ya que las piezas están enteras y que sepamos no se ha advertido la presencia de recortes o piezas troceadas, aunque no descartamos que debido a la accidentada forma de aparición hayan pasado desapercibidos. Es de suponer que los brazaletes se atesoraron por su valor como joya y que la práctica de pagar con plata a peso ya no era habitual. González y Abascal (1989) justifican la recurrente aparición de tesoros en Crevillent por el hecho de ser un importante lugar de paso, ya que su territorio comunicaba la costa con la región de Murcia. Las evidencias de los hallazgos son caprichosas y cuando se examinan territorios relativamente reducidos debe primar la prudencia en las conclusiones. ¿Es que fuera de Crevillent no se utilizaban los denarios romanos? En absoluto. Estamos seguros que, por lo menos, con la misma frecuencia, ya que la disponibilidad de denarios romanos comenzó a aumentar de forma continuada a partir del último tercio del siglo II a. C., justo durante el período que más monedas contienen los tesoros de Crevillent. El siglo I a. C. El período álgido de las acuñaciones indígenas de la Península Ibérica tuvo lugar durante el último tercio del siglo II y el primero del I a. C., por lo que la moneda en circulación durante el siglo I a. C. muestra características similares a la que lo estaba a fines del II a. C. De hecho, es seguro que la masa monetaria de inicios del siglo I contenía un porcentaje muy elevado de piezas acuñadas anteriormente, tal y como ponen de manifiesto los hallazgos con contexto arqueológico, ya que muchas monedas registran un profundo desfase cronológico entre las fechas de emisión y su período de circulación y pérdida. Uno de los acontecimientos más relevantes del siglo I a. C. fueron las Guerras Sertorianas, que en parte se libraron en Fig. 14. Tesoro de Cachapets (Crevillent). Museo Arqueológico Municipal de Crevillent. la Península Ibérica. No sabemos con seguridad cuáles fueron las consecuencias que se derivaron de la derrota de Sertorio y del apoyo que recibió por parte de algunas poblaciones peninsulares, pero lo cierto es que después de la guerra se produjo una drástica reducción del número de ciudades que acuñaron moneda. Los numerosos tesoros que se ocultaron durante el período de inestabilidad de la guerra ponen de manifiesto el cese de la producción en bastantes ciudades, ya que para entonces ya se había acuñado la mayor parte de las emisiones monetarias (Villaronga, 1993, 47-54, nº 90-126). Sin duda, el número de ciudades que continuaron acuñando fue sensiblemente menor, por lo menos en la Citerior, y además lo hicieron en cantidades más reducidas que antes, algunas de las cuales las encontramos en el territorio alicantino, como son las piezas bilingües de Saitabi o los bronces con escritura latina atribuidos a Cástulo (Alberola y Abascal, 1998, 164; Abascal y Alberola, 2008, 16). Pero en líneas generales se hace difícil distinguir qué producciones se deben fechar con posterioridad a las Guerras Sertorianas. Es evidente que los ritmos de producción condicionan la presencia de determinadas acuñaciones. En este caso la renovación del estoc monetario o la llegada de monedas recién acuñadas después de las Guerras Sertorianas fue escasa, pero ello no quiere decir que hubiese una menor cantidad de moneda disponible, porque las monedas acuñadas a partir de mediados del siglo II a. C. todavía estaban en circulación. Durante el siglo I a. C., la muestra de monedas halladas en el territorio alicantino mantiene en líneas generales el patrón de procedencia de las monedas que se ha documentado durante la segunda mitad del siglo anterior, salvadas las diferencias derivadas del volumen de producción. Así, por ejemplo, Roma ya no emitió moneda de bronce a partir de 82 a. C. y lo mismo sucedió con otros talleres que habían abastecido de monedas al territorio como Valentia o algunos que se localizan en Cataluña o el valle del Ebro. Las noticias bibliográficas, apuntan hacia la continuación de la llegada de moneda ebusitana del grupo XIX de Campo (1976), de las que ya Bover (1944, 271) señaló su existencia. Estas piezas ponen de manifiesto las asiduas 27 relaciones que Alicante mantuvo con la isla y que a nivel monetario quedan atestiguadas inmediatamente después de que la ceca comenzara sus acuñaciones, en la segunda mitad del siglo IV a. C. También es seguro que durante los últimos años del siglo II o inicios del I a. C. llegaron y circularon algunas monedas procedentes de cecas griegas que esporádicamente vienen apareciendo o que forman parte de los fondos del Museo Arqueológico Provincial de Alicante. Nos referimos, por ejemplo, a la moneda de Aegea hallada en El Monastil (Poveda, 1988, 86, nº e, del tipo SNG 8-9, de los siglos II-I a. C.) o a los bronces ptolemaicos, de Arados o de Iol del MARQ (Ripollès, 1982, 215-216).
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